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ARTÍCULO 38 La amortiguación no elimina el impacto. Cambia la forma en que tu cuerpo lo gestiona.

24 de julio de 2026 por
Javier Salinero Martín

Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN

"La amortiguación no hace desaparecer las fuerzas. Cambia la conversación que el cuerpo mantiene con ellas."

"Quiero una zapatilla con mucha amortiguación para proteger mis rodillas"

Es una de las frases que más escucho cuando alguien entra en una tienda especializada.

La lógica parece impecable.

Si un colchón blando resulta más cómodo que el suelo, una zapatilla muy amortiguada debería proteger mejor nuestras articulaciones.

Tiene sentido.

Al menos a primera vista.

Sin embargo, el cuerpo humano rara vez responde de una forma tan simple.

Porque cuando cambiamos una parte del sistema, el organismo cambia muchas otras.

Y eso también ocurre con la amortiguación.

El impacto no desaparece

Cada vez que caminamos o corremos aparecen fuerzas entre nuestro cuerpo y el suelo.

Es inevitable.

Moverse implica intercambiar fuerzas.

Sin ellas ni siquiera podríamos avanzar.

La amortiguación no hace que esas fuerzas desaparezcan.

Lo que hace es modificar cómo se distribuyen en el tiempo y en el espacio.

En algunos casos reduce los picos de presión.

En otros prolonga el tiempo durante el que actúan.

En otros cambia la velocidad con la que el organismo recibe esa información.

No elimina las cargas.

Las transforma.

El cuerpo siempre responde

Aquí aparece algo fascinante.

Cuando el organismo percibe un suelo más duro, suele aumentar ligeramente la flexión de algunas articulaciones y ajustar la tensión muscular para absorber mejor las fuerzas.

Cuando percibe una superficie más blanda o una zapatilla muy amortiguada, también modifica su estrategia.

No seguimos moviéndonos exactamente igual.

El sistema nervioso reorganiza la manera de correr, caminar o aterrizar.

Es decir, el cuerpo no recibe pasivamente la amortiguación.

Dialoga con ella.

Más amortiguación no siempre significa menos carga

Este es uno de los conceptos que más sorprende.

Si el organismo modifica continuamente su comportamiento, una mayor amortiguación no implica automáticamente una menor carga para todos los tejidos.

En algunas personas determinados tejidos pueden trabajar menos.

Mientras que otros asumen una parte mayor del esfuerzo.

Todo depende de cómo el sistema reorganice el movimiento.

Por eso dos corredores utilizando exactamente la misma zapatilla pueden experimentar sensaciones completamente distintas.

No porque la zapatilla cambie.

Sino porque cada organismo responde de forma diferente.

La percepción también cambia

No solo cambian las fuerzas.

También cambia la información.

Una suela muy amortiguada suele hacer que algunas irregularidades del terreno lleguen al sistema nervioso de forma menos intensa.

Eso puede resultar muy agradable en determinadas situaciones.

Pero también modifica la cantidad y el tipo de información con la que el cerebro organiza el movimiento.

Recordemos algo que ya hemos aprendido.

El organismo nunca responde únicamente a las fuerzas.

Responde a las fuerzas que es capaz de percibir.

¿Qué tiene que ver esto con el barefoot?

Mucho.

Una de las diferencias entre un calzado muy amortiguado y uno minimalista no consiste únicamente en el grosor de la suela.

Consiste en la forma en la que ambos modifican la percepción del terreno.

Un calzado muy amortiguado suele priorizar la protección frente a determinadas irregularidades.

Un calzado minimalista suele favorecer una percepción más directa del entorno.

Ninguna de las dos opciones es universalmente superior.

Cada una ofrece ventajas y limitaciones dependiendo del contexto, del objetivo y, sobre todo, de la capacidad de adaptación de la persona.

El error aparece cuando pensamos que una única solución sirve para todos.

Lo que veo cada día en consulta

Algunos pacientes mejoran claramente cuando utilizan un calzado con mayor amortiguación.

Otros evolucionan mejor cuando recuperan progresivamente una mayor capacidad del pie para gestionar las cargas.

Y muchos necesitan combinar ambas estrategias según el momento.

Después de una lesión, durante una competición, en una jornada laboral muy larga o en un proceso de transición, las necesidades cambian.

Por eso nunca intento convencer a nadie de que utilice siempre el mismo tipo de calzado.

Intento comprender qué necesita su organismo hoy.

Y acepto que esa respuesta puede ser diferente dentro de unos meses.

Qué puedes hacer desde hoy

La próxima vez que pruebes unas zapatillas nuevas, no te preguntes solo si son blandas o cómodas.

Observa también cómo cambia tu movimiento.

¿Caminas igual?

¿Corres igual?

¿Notas que modificas el apoyo?

¿Te sientes más estable o más dependiente de esa sensación de acolchado?

El objetivo no es encontrar la máxima amortiguación.

Es descubrir qué tipo de interacción permite a tu cuerpo moverse con mayor eficiencia y confianza.

🔬 En una frase

La amortiguación no elimina las fuerzas. Modifica la manera en que el organismo las percibe y decide gestionarlas.

La idea más importante

El cuerpo humano no es un pasajero pasivo dentro de una zapatilla.

Es un sistema vivo que interpreta continuamente la información que recibe y reorganiza su movimiento para adaptarse.

Por eso la amortiguación no actúa de forma aislada.

Forma parte de un diálogo constante entre el suelo, el calzado, el sistema nervioso y los tejidos.

Entender esa conversación es mucho más útil que discutir si una zapatilla tiene "más" o "menos" amortiguación.

Porque la pregunta verdaderamente importante sigue siendo la misma:

¿Qué necesita este organismo para moverse mejor en este momento de su vida?

Una pregunta para reflexionar

Piensa en las zapatillas con más amortiguación que has utilizado.

¿Sentiste únicamente más comodidad… o también cambió tu forma de caminar, correr y relacionarte con el suelo sin que apenas te dieras cuenta?

En el próximo artículo…

Si la amortiguación ha sido uno de los conceptos más utilizados por la industria del calzado, hay otro que ha generado una enorme cantidad de confusión.

La estabilidad.

Durante años se nos hizo creer que cuanto más estable fuera una zapatilla, mejor controlaría el movimiento del pie.

Pero ¿qué significa realmente ser estable?

¿Es algo que un zapato puede proporcionar desde fuera?

¿O la verdadera estabilidad nace de la capacidad del propio organismo para adaptarse?

En el próximo capítulo descubriremos que existe una diferencia fundamental entre estar sujeto y ser estable.

Y esa diferencia puede cambiar por completo nuestra forma de entender el movimiento.

ARTÍCULO 37 Un zapato no solo cambia tu pisada. Cambia la información que recibe tu cerebro.
VOLKAN KNARY

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