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ARTÍCULO 42 Una suela flexible no cambia solo el zapato. Cambia quién realiza el movimiento.

29 de julio de 2026 por
Javier Salinero Martín

Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN

"Cada vez que un zapato deja de moverse, alguien tiene que hacerlo en su lugar."

"Quiero una zapatilla que no se doble"

Recuerdo a un paciente que había sufrido molestias persistentes en el dedo gordo del pie.

Había leído en internet que una suela muy rígida podía ayudarle.

Llegó convencido.

—Necesito una zapatilla que no flexe.

Le respondí que probablemente, durante un tiempo, aquella podía ser una buena estrategia.

Pero después añadí algo que le sorprendió.

—Lo importante no es que la zapatilla no se doble. Lo importante es saber quién hará ese movimiento mientras ella no lo hace.

Me miró en silencio.

Nunca se había planteado esa pregunta.

Y, sin embargo, esa es una de las cuestiones más interesantes de la biomecánica del calzado.

Caminar es doblarse continuamente

Cada paso obliga al pie a cambiar de forma.

El arco plantar se adapta.

Las articulaciones se mueven.

Los dedos acompañan el impulso.

El tobillo modifica constantemente su posición.

Nada permanece completamente rígido.

Caminar es una sucesión de pequeñas deformaciones perfectamente coordinadas.

Esa capacidad para cambiar de forma permite distribuir las cargas, absorber energía y preparar el siguiente movimiento.

La movilidad no es un detalle del paso.

Es una de sus condiciones.

Cuando la suela cambia, cambia el reparto del trabajo

Imagina que intentas doblar una regla de acero.

Después prueba con una de plástico.

La fuerza necesaria no es la misma.

Con las suelas ocurre algo parecido.

Una suela muy flexible acompaña con mayor facilidad los movimientos del pie.

Una suela más rígida ofrece resistencia a parte de esos movimientos.

Eso no significa que una sea mejor que la otra.

Significa que el reparto del trabajo cambia.

Algunas estructuras participan más.

Otras participan menos.

Y el organismo reorganiza su estrategia para seguir avanzando.

Delegar no siempre es un problema

Existe una tendencia a pensar que cualquier ayuda externa es negativa.

No estoy de acuerdo.

Hay momentos en los que reducir el movimiento de una articulación puede ser extraordinariamente útil.

Después de una lesión.

En determinados procesos degenerativos.

Cuando un tejido necesita disminuir temporalmente su carga.

En esas circunstancias, una suela rígida puede actuar como un excelente aliado.

El problema aparece cuando olvidamos preguntarnos si esa estrategia sigue siendo necesaria meses o años después.

Porque ayudar durante un tiempo no es lo mismo que sustituir permanentemente una función.

El pie aprende haciendo

En capítulos anteriores hablamos del aprendizaje motor.

El cuerpo mejora cuando participa.

No cuando observa.

El pie también aprende.

Aprende a gestionar cargas.

A estabilizar.

A impulsarse.

A adaptarse a superficies diferentes.

Para desarrollar esas capacidades necesita oportunidades.

No significa que deba enfrentarse siempre al máximo desafío.

Significa que necesita participar en el movimiento.

Cada vez que una estructura deja de intervenir durante mucho tiempo, el organismo pierde parte de la experiencia acumulada.

Y el cuerpo nunca conserva indefinidamente aquello que deja de utilizar.

¿Qué tiene que ver esto con el barefoot?

Muchísimo.

Una de las características más representativas del calzado minimalista es precisamente su elevada flexibilidad.

No porque una suela flexible sea una virtud por sí misma.

Sino porque permite que el pie participe más directamente en los movimientos para los que está diseñado.

Eso no convierte automáticamente el barefoot en la mejor opción para todas las personas.

Hay situaciones en las que una mayor rigidez resulta más adecuada.

Lo importante es comprender qué función queremos facilitar y cuál estamos decidiendo limitar.

La pregunta no es si una suela debe doblarse mucho o poco.

La pregunta es qué necesita ese organismo en ese momento de su proceso de adaptación.

Lo que veo cada día en consulta

Hay pacientes que sienten una gran mejoría cuando disminuimos temporalmente el trabajo de una articulación mediante un calzado más rígido.

Y otros que descubren una nueva sensación de libertad cuando el pie vuelve a moverse con mayor naturalidad gracias a una suela más flexible.

Lo verdaderamente interesante no es el zapato.

Es observar cómo cambia el comportamiento del organismo.

Porque nunca tratamos una suela.

Tratamos la forma en la que una persona utiliza su cuerpo para relacionarse con el suelo.

Qué puedes hacer desde hoy

Coge dos pares de zapatos diferentes.

Intenta doblarlos con las manos.

Observa cuánto se flexionan y dónde lo hacen.

Después camina unos minutos con cada uno.

No te limites a pensar cuál resulta más cómodo.

Pregúntate algo distinto.

¿Con cuál siento que trabaja más mi pie?

No existe una respuesta universal.

Pero aprender a hacer esa pregunta ya cambia la manera de entender el calzado.

🔬 En una frase

La flexibilidad de una suela no determina si un zapato es mejor o peor. Determina cuánto del movimiento realizará el propio pie y cuánto asumirá el calzado.

La idea más importante

Cada paso es el resultado de un reparto continuo de funciones entre el organismo y el entorno.

El calzado forma parte de ese reparto.

Una suela flexible permite que el pie participe más activamente en determinados movimientos.

Una suela rígida puede reducir temporalmente el trabajo de algunas estructuras cuando existe una razón para hacerlo.

Ninguna de las dos opciones es correcta por definición.

Lo importante es comprender qué función estamos facilitando, cuál estamos limitando y si esa decisión responde a una necesidad real o simplemente a un hábito.

La biomecánica no consiste en elegir siempre el mismo tipo de zapato.

Consiste en entender qué herramienta necesita el cuerpo para seguir desarrollando su capacidad de adaptarse.

Una pregunta para reflexionar

Piensa en el calzado que utilizas con mayor frecuencia.

Si tu suela hiciera un poco menos de trabajo… ¿estaría tu pie preparado para asumir esa parte del movimiento?

En el próximo artículo…

Ya hemos recorrido las principales características del calzado: la amortiguación, la estabilidad, el drop, la horma y la flexibilidad.

Ha llegado el momento de reunir todas esas piezas en una pregunta que genera opiniones apasionadas.

¿Qué es realmente el calzado barefoot?

¿Es una moda?

¿Una filosofía?

¿Una herramienta terapéutica?

¿Una forma de entrenar?

¿Un tipo de zapato?

En el próximo capítulo dejaremos a un lado los mitos y las etiquetas para responder desde la biomecánica a una pregunta sencilla, pero fundamental:

¿Qué significa realmente que un calzado sea barefoot?

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