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ARTÍCULO 46 No todo el mundo necesita calzado barefoot. Y eso no contradice nada de lo que hemos aprendido.

2 de agosto de 2026 por
Javier Salinero Martín

Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN

"No existen personas que deban adaptarse a un zapato. Existen zapatos que, en determinados momentos, pueden ayudar mejor a una persona."

"Entonces... ¿usted recomienda el barefoot o no?"

Es una pregunta que suele aparecer al final de muchas conversaciones.

Después de hablar durante un rato sobre el pie, el movimiento, el dolor o la adaptación, alguien necesita una respuesta sencilla.

—Entonces, ¿sí o no?

Sonrío.

Porque entiendo perfectamente esa necesidad.

Nos gustan las respuestas claras.

Las reglas universales.

Las soluciones que sirven para todo el mundo.

Pero la biomecánica me ha enseñado una lección distinta.

Cuando una respuesta sirve para todos, normalmente deja de servir para muchas personas.

El cuerpo no lee nuestras teorías

A veces olvidamos algo muy sencillo.

Nuestro organismo no sabe qué calzado está de moda.

No conoce debates en redes sociales.

No entiende de etiquetas.

Solo responde a los estímulos que recibe.

Y responde según su historia.

Según su edad.

Según sus tejidos.

Según sus experiencias.

Según la carga que soporta cada día.

Dos personas pueden utilizar exactamente el mismo calzado.

Una recupera funciones.

La otra desarrolla molestias.

No porque el zapato haya cambiado.

Porque el organismo nunca deja de ser el verdadero protagonista.

Las herramientas no son buenas ni malas

Imagina un bastón.

Después de una cirugía puede ser una ayuda extraordinaria.

Cuando la recuperación termina, seguir utilizándolo sin necesidad podría limitar parte del trabajo que las piernas ya están preparadas para asumir.

¿Significa eso que el bastón es malo?

En absoluto.

Significa que su utilidad depende del momento.

Con el calzado ocurre exactamente igual.

No existen zapatos moralmente mejores.

Existen herramientas con indicaciones diferentes.

La adaptación también tiene un punto de partida

Una persona de veinte años que ha caminado descalza durante toda su infancia no comienza desde el mismo lugar que otra de setenta años con décadas de rigidez, cirugías previas o enfermedades articulares.

Tampoco empieza igual quien practica deporte varias veces por semana que quien lleva años con una vida muy sedentaria.

Todos pueden mejorar.

Pero no todos necesitan recorrer el mismo camino.

La adaptación siempre comienza donde está el organismo.

Nunca donde nos gustaría que estuviera.

A veces proteger también es cuidar

En algunos ambientes se ha extendido la idea de que cualquier ayuda externa representa un retroceso.

No comparto esa visión.

Hay momentos en los que proteger es una forma inteligente de cuidar.

Un tejido inflamado.

Una fractura en proceso de consolidación.

Un postoperatorio.

Una enfermedad degenerativa.

Determinadas neuropatías.

En esas circunstancias, modificar temporalmente las demandas del movimiento puede facilitar que el organismo continúe avanzando.

La protección deja de ser un enemigo cuando tiene un propósito y una duración.

El problema aparece cuando olvidamos preguntarnos si esa ayuda sigue siendo necesaria.

¿Qué tiene que ver esto con el barefoot?

Todo.

El barefoot puede ser una herramienta magnífica.

Pero sigue siendo una herramienta.

No una identidad.

No una obligación.

No un examen que haya que aprobar.

Hay personas que disfrutarán utilizándolo la mayor parte del tiempo.

Otras alternarán distintos tipos de calzado según la actividad.

Algunas necesitarán años para realizar una transición completa.

Y otras, sencillamente, encontrarán un equilibrio diferente.

Eso no significa que unas hayan entendido mejor la biomecánica que otras.

Significa que la biomecánica empieza precisamente cuando dejamos de buscar la misma respuesta para todos.

Lo que veo cada día en consulta

Con los años he dejado de intentar convencer a las personas de que utilicen un tipo concreto de zapato.

Prefiero ayudarlas a comprender su propio cuerpo.

Cuando entienden cómo responde su organismo, las decisiones empiezan a ser mucho más sencillas.

Hay pacientes que descubren que el barefoot les ofrece exactamente lo que necesitaban.

Otros comprenden que, en este momento de su vida, otra herramienta les permite seguir moviéndose con más confianza.

Y eso también está bien.

Porque el éxito no consiste en parecerse a una teoría.

Consiste en recuperar la capacidad de vivir, caminar, trabajar o disfrutar del movimiento con la mayor libertad posible.

Qué puedes hacer desde hoy

La próxima vez que escuches a alguien afirmar que existe un único tipo de calzado correcto, haz una pausa.

Y pregúntate:

¿Está hablando del zapato... o de la persona que lo va a utilizar?

Si toda la conversación gira alrededor del calzado y nunca alrededor del organismo, probablemente falte la parte más importante.

Porque los zapatos no toman decisiones.

Las toman los cuerpos que los llevan.

🔬 En una frase

El valor de un calzado no depende de cómo está diseñado, sino de cómo responde a él el organismo que lo utiliza.

La idea más importante

Después de todo lo que hemos aprendido, quizá la conclusión resulte sorprendentemente sencilla.

El barefoot no es la respuesta.

El calzado convencional tampoco.

La respuesta siempre comienza por comprender a la persona que tenemos delante.

Su capacidad de adaptación.

Su historia.

Su contexto.

Sus objetivos.

Elegir un zapato sin comprender todo eso es como prescribir el mismo tratamiento a todos los pacientes solo porque comparten un síntoma.

La biomecánica nos invita a hacer justamente lo contrario.

A observar primero.

A comprender después.

Y solo entonces decidir.

Porque no existen personas que deban adaptarse a un zapato.

Existen zapatos que, en determinados momentos, pueden ayudar mejor a una persona.

Una pregunta para reflexionar

Piensa en cualquier decisión importante que hayas tomado sobre tu salud.

¿La elegiste porque era la mejor para todo el mundo... o porque era la que mejor respondía a tu situación en ese momento?

Quizá con el calzado debamos hacer exactamente lo mismo.

En el próximo artículo…

Después de varios capítulos hablando del barefoot, muchos lectores tendrán una duda práctica.

¿Significa todo esto que cuanto más tiempo caminemos descalzos, mejor?

La respuesta vuelve a ser más interesante que un simple sí o no.

Caminar descalzo puede ser una experiencia extraordinariamente enriquecedora para el sistema nervioso y para el pie.

Pero también depende del terreno, del contexto, del estado de los tejidos y del objetivo que perseguimos.

En el próximo capítulo descubriremos que caminar descalzo no es un fin en sí mismo. Es una forma de exposición al movimiento que, como cualquier otra, necesita contexto, progresión y criterio.

ARTÍCULO 45 No todas las molestias significan que vas por mal camino
VOLKAN KNARY

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